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Desde una perspectiva espiritual, esta imagen nos invita a reflexionar sobre una realidad que muchas veces pasamos por alto. Así como el cuerpo puede enfermarse, también existen heridas emocionales y espirituales que permanecen ocultas, afectando silenciosamente nuestro presente.

 

El rechazo, el abandono, la traición, el resentimiento, la falta de perdón, la culpa, el miedo, las palabras que marcaron nuestra infancia o experiencias dolorosas del pasado son heridas que no siempre se ven, pero que pueden condicionar nuestras decisiones, nuestras relaciones y nuestra forma de vivir.

Con frecuencia aprendemos a convivir con esas cargas como si fueran parte normal de la vida. Sin embargo, del mismo modo que una persona busca atención médica cuando reconoce una dolencia física, también es necesario identificar aquello que está dañando nuestro interior y buscar ayuda espiritual para sanar.

La enseñanza bíblica presenta a Jesucristo como aquel que no solo alivia los síntomas del sufrimiento humano, sino que desea tratar la raíz del problema. La Escritura afirma en el Salmo 147:3: “Él sana a los quebrantados de corazón y venda sus heridas”.

Esta sanidad comienza con el reconocimiento. Nadie puede ser tratado si primero no admite que necesita ayuda. En el Evangelio de Mateo 9:12, Jesús expresó: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”, recordando que el primer paso hacia la restauración es aceptar nuestra condición y acercarnos a Él.

Por su parte, Hebreos 4:12 destaca el poder transformador de la Palabra de Dios, describiéndola como viva, eficaz y capaz de penetrar hasta lo más profundo del ser humano, discerniendo pensamientos e intenciones del corazón. Es allí donde comienza la verdadera obra de restauración.

La reflexión nos recuerda que Cristo no llega simplemente para colocar una venda sobre aquello que nos duele. Muchas veces desea ingresar al “quirófano” de nuestro corazón para intervenir en aquellas áreas que hemos mantenido ocultas durante años.

El proceso puede resultar incómodo porque implica enfrentar heridas, reconocer errores, perdonar y dejar atrás cargas acumuladas. Sin embargo, el resultado es la libertad, la paz y la restauración que solo una sanidad profunda puede producir.

La promesa de Dios en Éxodo 15:26 sigue vigente para quienes deciden escuchar su voz y caminar conforme a sus enseñanzas: “Yo soy Jehová, tu sanador”.

Quizás la pregunta que esta reflexión deja planteada es sencilla pero profunda: ¿qué área de nuestra vida necesita hoy ser llevada al quirófano espiritual?

Porque el orden divino es claro: primero Él entra, luego sana y finalmente venda las heridas. Y cuando eso sucede, comienza una nueva etapa de restauración, esperanza y vida.

                                                                                                                                                                                 Viviana Sayago

Autor: admin