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Hay imágenes que trascienden el momento en que fueron tomadas. No porque oculten diferencias, sino porque reflejan la madurez de quienes entienden que las instituciones están por encima de los intereses personales.

Ver al Intendente y a los concejales compartiendo un acto institucional no debería sorprender ni generar enojo. Por el contrario, debería ser una señal de esperanza. Porque la democracia no consiste en pensar igual, sino en aprender a convivir con las diferencias, dialogar y trabajar por un objetivo común: el bienestar de la comunidad.

Lamentablemente, siempre existen quienes viven alimentando la grieta, el enfrentamiento y el conflicto permanente. Para ellos, una fotografía de unidad institucional parece ser una provocación. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante sería lo contrario: que las autoridades elegidas por el pueblo fueran incapaces de compartir un acto patrio o de sentarse a dialogar.

Durante demasiado tiempo hemos permitido que los prejuicios, las especulaciones y las interpretaciones malintencionadas condicionen nuestra forma de ver la política y las relaciones institucionales. Se construyen enemigos donde debería haber diálogo y se inventan conflictos donde solo existe el cumplimiento del deber.

Quizás esa sea una de las razones por las que nuestro pueblo lleva décadas arrastrando pobreza, postergación y necesidades. 

Mientras nosotros discutimos entre vecinos, entre dirigentes o entre sectores, los verdaderos problemas siguen esperando soluciones. Y vale la pena hacerse una pregunta incómoda: ¿a quién beneficia que estemos permanentemente enfrentados?

Porque cuando una comunidad se divide, pierde fuerza para reclamar lo que le corresponde. Cuando nos convencen de que el adversario es el vecino o el dirigente que piensa distinto, dejamos de mirar los problemas reales que afectan a nuestras familias. Alguien siempre obtiene ventajas cuando un pueblo se devora a sí mismo.

Hay un detalle que no puede pasar inadvertido. Esa fotografía tiene como protagonista silenciosa a la Bandera Argentina, la misma bandera que Manuel Belgrano creó para representar la libertad y la unión de un pueblo. Esa enseña celeste y blanca fue defendida en innumerables batallas por hombres y mujeres que entregaron su vida para que hoy podamos vivir en democracia. Ellos no lucharon para dividir a los argentinos, sino para construir una Nación.

Cada vez que una autoridad deja de lado las diferencias personales para honrar a las instituciones, también está honrando esa bandera y el sacrificio de quienes la defendieron.

  • A algunos les conviene que nos sigamos devorando entre nosotros
  • La pobreza también se alimenta de nuestras divisiones
  • La foto que algunos no querían ver
  • Hay quienes prefieren un pueblo dividido antes que un pueblo unido
  • General Mosconi: el día que una foto dejó al descubierto a los sembradores de la grieta
  • Las instituciones primero, los egos después

 

Nuestro pueblo necesita dirigentes capaces de debatir con firmeza, pero también de encontrarse cuando las circunstancias lo requieren. Porque las diferencias políticas son naturales; el odio permanente, no.

Ojalá esta imagen no sea un hecho aislado, sino el comienzo de una nueva etapa. Una etapa donde el respeto institucional sea más fuerte que los egos, donde el diálogo prevalezca sobre la confrontación y donde las futuras generaciones comprendan que cuidar las instituciones es, en definitiva, cuidar el futuro de nuestro pueblo.

La historia demuestra que los pueblos crecen cuando sus dirigentes entienden que los cargos son pasajeros, pero las instituciones permanecen. Y también demuestra que los pueblos se estancan cuando la desconfianza, el resentimiento y la grieta son utilizados como herramientas para dividirlos.

No dejemos que una fotografía de respeto institucional sea motivo de sospecha. Hagamos que sea motivo de esperanza.

Porque al final del camino, las diferencias pasarán. Lo que quedará será el legado que hayamos construido para nuestros hijos y nietos. Si seguimos permitiendo que nos enfrenten entre nosotros, seguiremos perdiendo todos. Pero si entendemos que el futuro de General Mosconi está por encima de cualquier diferencia política o personal, entonces habremos dado el primer paso para cambiar una historia que lleva demasiado tiempo esperando un nuevo comienzo.

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