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La eventual salida de la figura dominante del poder provincial hacia el plano nacional abre un vacío que no será ocupado automáticamente por un heredero natural. Por el contrario, todo indica que se abrirá una etapa de disputa, fragmentación y reconfiguración de alianzas. En ese contexto, el norte —con ciudades como Tartagal y General Mosconi— deja de ser un territorio periférico para convertirse en un actor decisivo.

Allí, la política no se juega solo en los discursos, sino en la presencia concreta: gestión, cercanía y estructura territorial. Y es en ese terreno donde se vuelve inevitable analizar la relación entre dos figuras que, aunque hoy distanciadas, siguen orbitando el mismo espacio de poder: Sergio Leavy y Franco Hernández.

El conflicto entre ambos no es un hecho aislado, sino la expresión de algo más profundo: una disputa por liderazgo, representación y proyección política en una región que históricamente ha sido clave en la construcción de poder en Salta. Las denuncias públicas, los cambios de posicionamiento y las diferencias estratégicas no hicieron más que acelerar una ruptura que, en política, rara vez es definitiva.

Sin embargo, el verdadero interrogante no es si están enfrentados hoy, sino si pueden permitirse seguir estándolo mañana.

En un escenario fragmentado, donde múltiples sectores buscarán posicionarse de cara a la gobernación, la división del voto y de la estructura territorial puede resultar letal. La historia política argentina —y salteña en particular— demuestra que los espacios que se dividen en momentos de transición suelen terminar perdiendo influencia frente a actores más ordenados.

Por eso, más allá de las diferencias personales o tácticas, la lógica política empuja hacia una conclusión incómoda pero real: la unidad no es una cuestión de afinidad, sino de supervivencia.

 

 

Esto no implica una reconciliación genuina ni un alineamiento ideológico profundo. Implica, en todo caso, un acuerdo pragmático basado en intereses concretos: sostener el territorio, evitar la dispersión del poder y negociar en mejores condiciones dentro de un esquema provincial en redefinición.

El problema es que ese tipo de acuerdos tiene costos. Para Leavy, puede significar ceder protagonismo en un territorio que considera propio. Para Hernández, implica convivir con una figura de mayor peso político y trayectoria. Para ambos, supone aceptar que el adversario de hoy puede ser el aliado de mañana.

Mientras tanto, la sociedad observa con una mezcla de escepticismo y cansancio. En el norte, las demandas siguen siendo las mismas: trabajo, infraestructura, servicios básicos. La política, en cambio, parece girar sobre sí misma, atrapada en internas que muchas veces poco tienen que ver con esas urgencias.

Ahí radica el riesgo más grande de cara a 2027: que la disputa por el poder termine desconectándose completamente de la realidad cotidiana de la gente.

El futuro político del norte salteño no dependerá únicamente de nombres propios, sino de la capacidad de construir una alternativa que combine gestión, representación y coherencia. Si los dirigentes no logran ordenar sus diferencias en función de un proyecto común, el escenario más probable no será la renovación, sino la fragmentación.

Y en política, cuando nadie logra consolidar poder, alguien siempre termina ocupando ese lugar.

La pregunta no es si habrá cambios en 2027.. La pregunta es quién estará preparado para capitalizarlos.Tranquilos que solo ellos saben cuando comienza el juego.

Autor: admin